EL PÁRAMO

Creía que la temeridad era lo único que me ayudaría a escapar. Así que tracé el plan de huída perfecto hacia el Páramo, un lugar remoto donde, según la sabiduría popular, los libros prohibidos y la luz dorada te bañaba en felicidad. Esta era mi oportunidad, no sólo de alejarme de una vida asfixiante, empujada a toda velocidad por las masas, sino de lograr alcanzar la felicidad pura. El camino era tan abrupto como lo habían descrito los que trataron de disuadirme, pero la euforia me hacía invencible. Crucé el frío bosque del desapego y el infranqueable río de la incertidumbre, evitando cualquier pensamiento, centrando toda mi energía en seguir sin dejarme intimidar por el entorno. Como mecanismo de defensa, me obligué a no mirar alrededor, sólo hacia delante. Y estaba convencida de que, cuanto más duro fuera el trayecto, más gratificante sería la recompensa. Al fin y al cabo, eso era lo que me habían repetido una y otra vez desde que tenía uso de razón: “cuando crezcas lo sabrás”, “cuando llegues lo sabrás”, “cuanto más te sacrifiques, más feliz serás”. Y yo crecí pensando que la felicidad era un lugar al que llegaría en algún momento de mi existencia y en el que podría quedarme para siempre. 

Iba rápido, con la mirada y la voluntad fija en el objetivo. Me costó darme cuenta de que, durante una buena parte de mi trayecto hacia lo anhelado, me acompañaba una rareza que no esperaba. Lo llamaría criatura, pero no le haría justicia. Era más una sensación convertida en un ente físico que caminaba a mi lado. Noté su presencia cuando una rama se enredó ligeramente con mi pelo y el tirón me expulsó del ensimismamiento. Aminoré el paso sintiendo una relajación repentina de mis músculos, giré la cara para visualizar esa presencia que ya estaba sintiendo dentro de mí y esperando que surgiera un miedo que no aparecía. No hizo falta que pronunciara ninguna palabra, nos comunicábamos a través de mi pensamiento. En ese momento, lo sentí como algo natural. Tan natural como mirar a mi alrededor y que, el camino que antes me aterraba, estuviera lleno de simbología que me transportaba a momentos muy concretos de mi vida. Pequeños recuerdos, casi insignificantes si visualizas una vida al completo, tan sencillos que por simples se dan por hecho. Reír, abrazar, aprender algo por uno mismo, hacer que el día de otra persona valga la pena.

Para cuando llegué al Páramo, algo había cambiado. Ya no sentía la tensión con al que emprendí el camino y me invadió una sensación de vulnerabilidad desconocida. Me detuve allí donde terminaba el camino para contemplar el vasto campo iluminado, como si la superficie estuviera llena de pepitas de oro semi enterradas creando una sensación de atardecer permanente. Era muy bonito y melancólico. La rareza y yo nos detuvimos, a la espera de que la felicidad llegara, pero no lo hizo. Le di tiempo, tanto que la rareza se fue desvaneciendo. Nada la alimentaba y su baja energía la desconectó de mí. Ya no la escuchaba en mi cabeza, ya no la sentía en mi interior. Se iba y con ella, la felicidad que alguna vez sentí. Esa que es de verdad, que no se encuentra porque la busques en un lugar remoto. Esa que como viene se ve y tienes que volver a atraerla. Esa que hace que los momentos se atesoren. La que convirtió el camino un fin en sí mismo. 

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