El sentido de no tener sentido…

Hoy me he quedado dormida como cuando era pequeña. Reposaba la cabeza en el respaldo del asiento del coche, lucía mi boca semiabierta y mi lengua apoyada en los dientes inferiores, se intuían los de arriba y algo de saliba humedeciéndolo todo. No sé qué tiene el run-run del coche que actúa como un anestésico infalible sobre mi.

Últimamente ando muy cansada. Quizá sean las emociones, que se suceden, que no cesan, que se han aferrado a mi y no me sueltan. “Ahora sonrío por la calle” me confesó alguien ayer. Y me sentí bien. Satisfecha. Hasta desinteresadamente feliz. Y es que, aunque prometí ser más egoísta, pensar más en mi, ser más proteccionista con mis cosas, no me sale. Vuelvo a expresarme hacia afuera. Acabo de abrir las puertas de par en par. Y alguien entrará, seguro que alguien lo hace.

Estoy en caos y mi comportamiento sigue asustando(me). Pero sé que debo dejar atrás los fantasmas, acostumbrarme (de una vez por todas) a las cicatrices que dejaron las heridas del ayer. Esas “lecciones” que reaparecen cuando todo se convierte en algo demasiado familiar. Sentimientos. Malditos y perversos. Imprescindibles y geniales. Bolas de fuego que arden en el estómago. Ganas de cuidar y ser cuidado. Dar lo mejor de uno mismo.

Tiemblo al pensar que todo vuelve. Y después de un año de que nadie diera conmigo, voy y me encuentro. Estaba justo ahí, mezclándome con la gente en cualquier bar, escondiéndome del querer, del dañar, del volver a ser vulnerable. Inevitable ceguera. Hoy me siento más fuerte y más débil a la vez. Una niña pequeña que remira el móvil por si acaso. Una soñadora de pies saltarines, que luce risa sincera y ojos acristalados. Una insensata con ganas de llorar de alegría.

Será que voy corriendo a los sitios, pero esa es mi forma de vivir la vida…. No la cambio.

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